Fábula del perro dormido.

Los amigos de Zumbadores cumplieron 10 años con la música, y para festejarlo editaron su disco "Fábulas de la locura" con una edición de lujo que, además de las 10 canciones que integran el álbum, incluyó 10 fábulas encargadas a distintos autores. 
Para más información sobre la banda y el disco entrá a www.zumbadoresweb.com
A continuación, la "Fábula del perro dormido", texto especialmente escrito para la ocasión por Martín Elizalde:






No recuerdo de qué raza era, pero sé que era un perro y también sé que esa noche dormía en la terminal de Retiro, como yo, sólo que yo estaba a punto de despertar. Cuando por fin abrí los ojos noté que habían pasado veinte minutos desde la última vez que había encontrado mi reloj, y veinte minutos a las cinco de la mañana es una unidad de tiempo compleja. Vos ibas a llegar a las seis, un buen horario para oler tu cuello de micro de larga distancia, pero todavía faltaba tiempo, y mientras tanto, tu cuello se conformaba con entibiar el respaldo del Rápido San José que atravesaba los silenciosos poblados orientales de Entre Ríos. 

El perro agitaba las patas, dejaba de respirar, emitía un gemido. ¿Qué clase de pesadilla podía atormentar de esa forma a un perro? Abandoné mi asiento y caminé en círculos, volví a sentarme, crucé las piernas hacia un lado, hacia el otro, el mentón en las manos, los codos en las rodillas, y otra vez de pie. Hacía poco más de un año que no fumaba. Hacía poco más de un año que no nos veíamos. Ignoré el puesto de revistas, en especial la sección de libros de autoayuda y los títulos dedicados a los amores tóxicos, y caminé hasta el kiosco más cercano. Al encender el primer cigarrillo experimenté algo parecido a la náusea. 

Volví a la plataforma setenta y uno. La noche de Retiro era un agujero inmenso, y tu cuello ahora desnudo saludaba las vigas cariadas del puente Zárate-Brazo Largo. Poco más de un año para este instante, y poco más de un año a los cuarenta es una unidad de tiempo compleja. Me pregunté si en tu bolso habría suficiente espacio para los mismos defectos que un día te habían llevado a decir… nada. Te habías ido sin decir nada, y ahora flotabas impune por alguna localidad del conurbano con la tranquilidad de quien tiene un perro esperándolo para oler su cuello. Al ponerme de pie me deshice de los cigarrillos con una puntería mediocre, y poco antes de subir al taxi me aturdió el ensayo de un último ladrido.