Una pinta con Jarvis

Hay algo en la manera de escribir de Jarvis Cocker que me lleva a sentirlo cercano, como un amigo. Me pasa con pocos autores (no creo que sean más de quince). Sus letras son directas, cualidad que empecé a valorar con el paso del tiempo. Ser directo –en tipos astutos y agudos como este muchacho- no significa ser pobre de lenguaje, por el contrario, esa falta de cripticismo y pomposidad suele llegar después de haber escrito mucho, es una virtud que tienen los tipos que le dieron la espalda a los Palacios de Versalles de la poesía para escribir como quien toma una pinta de cerveza en el pub más cercano y te cuenta las cosas como son, o como las ve él, generalmente sin ánimos de ser objetivo, más bien con ganas de buscar pelea con el primero que le aguante la mirada.

En cuanto a lo musical, siento que hay una tremenda coherencia entre sus palabras y el sonido de sus canciones, en especial en los últimos cuatro discos de Pulp y en sus dos trabajos solistas. Cuenta Chris Thomas, productor del disco “Different Class”, que no terminaban de encontrarle la vuelta al que sería uno de los mayores éxitos de la banda, “Common People”. Fue entonces cuando Jarvis agarró una guitarra acústica, le pidió que le encajara un solo micrófono enfrente y tocó todo el tema. Lo panearon al medio, junto al bombo, al redoblante, a la voz, y entonces todos se miraron y dijeron: era eso.


La música popular está llena de esos detalles, detalles en apariencia imperceptibles que hacen que una canción se convierta en un himno para toda una generación, himnos que nada tienen que ver con los nacionalismos, porque una canción no puede ni aspira a salvar el mundo, pero seguro te puede salvar una noche, y eso es mucho más de lo que merecemos.



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